Cuando Pedro necesitó dinero para pagar el impuesto, Jesús pudo hacerlo caer del cielo. Pudo multiplicarlo. Pudo ponerlo en su mano.
Pero no lo hizo. Lo puso en la boca de un pez, en medio del mar, y le dijo: «ve, echa el anzuelo, y saca el pez.»
La provisión ya estaba lista. El milagro ya estaba decidido. Pero alguien tenía que tomar la caña e ir a pescar.